El edadismo, otra discriminación silenciosa que afecta la calidad de vida de los mayores
Por: María Luisa Gallardo.- Aunque pocas veces se menciona, el edadismo -discriminación por edad (también se dice ageísmo, derivado del inglés age)- está presente en el trabajo, la salud, en los medios de comunicación e incluso en la vida cotidiana. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha reconocido como un problema global que impacta directamente la calidad de vida y el bienestar de las personas mayores.
En Chile, el fenómeno se ha instalado de manera silenciosa, alimentado por estereotipos que presentan la vejez como sinónimo de fragilidad, inutilidad o dependencia, pese a que la realidad muchas veces es diferente.
Según el último Estudio Nacional de Discriminación del Instituto Nacional de Derechos Humanos, las personas mayores figuran entre los grupos que perciben más tratos injustos en espacios laborales y servicios públicos. A esto se suman datos de la OMS que evidencian que el edadimo no solo produce exclusión social, sino que también se asocia con un peor estado de salud, menor esperanza de vida y más dificultades para acceder a diagnósticos o tratamientos oportunos. En otras palabras, la discriminación por edad no es solo un problema moral, sino un factor que afecta directamente la salud pública.
En la práctica cotidiana, el edadismo se expresa en acciones que muchas veces pasan desapercibidas, desde asumir que una persona mayor “no entiende” la tecnología hasta decidir por ella en contextos médicos o familiares, sin preguntarle ni darle espacio para elegir. También aparece en el ámbito laboral, donde los mayores de 55 años ven reducidas sus posibilidades de ser contratados o son desvinculados con mayor facilidad por considerarlos “menos productivos”, de esta forma ignorando su experiencia, estabilidad y capacidad de aprendizaje. En el sistema de salud, múltiples estudios han mostrado que las personas mayores reciben con mayor frecuencia diagnósticos basados en prejuicios, o bien que sus síntomas son atribuidos automáticamente a la edad, retrasando tratamientos importantes.
Parte del problema tiene origen en el modo en que la sociedad representa la vejez. La cultura pop, la publicidad y algunos discursos políticos refuerzan la idea de que el valor está asociado a la juventud, a la rapidez y a la innovación constante. Bajo ese prisma, envejecer aparece como una derrota, cuando en realidad es un logro vital y un proceso que trae conocimientos, historia, resiliencia y una perspectiva única que ninguna tecnología puede reemplazar. En Chile, más del 20% de la población ya tiene 60 años o más, y se espera que esa cifra siga aumentando. El país está envejeciendo rápido, pero no necesariamente está aprendiendo a valorar a quienes han sostenido su desarrollo durante décadas.
Combatir el edadismo requiere políticas públicas, pero también un cambio cultural. La OMS ha señalado que la educación intergeneracional, las narrativas positivas y la participación social activa de las personas mayores son claves para reducir los prejuicios. En Chile, distintos programas comunitarios, universidades y agrupaciones de voluntariado han demostrado que, cuando se abren espacios reales de participación, la imagen de la vejez cambia y se reconoce su aporte. Sin embargo, aún falta avanzar hacia un trato que garantice autonomía, respeto y oportunidades.El desafío es entender que el envejecimiento no es un problema, sino una etapa de vida tan legítima como cualquier otra. Reconocerlo implica derribar estereotipos, cuestionar prácticas normalizadas y dejar de tratar a los mayores como un grupo incapaz. Significa, sobre todo, escucharlos. El edadismo no solo afecta a quienes hoy tienen 60, 70 u 80 años, nos afectará a todos tarde o temprano. Por eso, construir una sociedad que respete la diversidad etaria es una tarea urgente, necesaria y profundamente humana.

